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La ansiedad y la depresión: malestares del siglo XXI

Publicado 14/02/2013

Las previsiones de la Organización Mundial de la Salud estiman que para el año 2020 la depresión se constituirá en la primera causa de incapacidad y en la tercera causa de morbilidad luego de las enfermedades coronarias y los accidentes de tráfico.

Datos recientes obtenidos mediante el European Study of the Epidemiology of Mental Disorders (Alonso et al. 2004) muestran que los trastornos mentales son comunes en Europa e indican que el 40% de los europeos ha sufrido al menos un trastorno del estado de ánimo a lo largo de la vida, el 13,6% algún trastorno de ansiedad y el 5,2% problemas con el alcohol.

La depresión y la ansiedad son, por tanto, problemas importantes de la salud pública mundial. Esto se debe tanto a su prevalencia relativamente alta a lo largo de la vida como a la importante discapacidad que causa.

Ahora bien, siendo tan importantes ¿se les presta la atención necesaria?

Cuando alguien se queja persistentemente de tristeza o ansiedad ante su médico de cabecera, este probablemente lo refiera al psiquiatra. El médico psiquiatra se encargará entonces de recetar la medicación que considere mas ajustada a cada patología, haciendo un seguimiento paulatino de esta medicación. En la mayor parte de los casos este suele ser el final de la intervención terapéutica.

Cabría preguntarse, dado que la ansiedad y la depresión tienen un gran componente psíquico, por qué se tiende a no tomar éste en consideración en la intervención terapéutica; por qué comúnmente la actuación se limita a la medicación y no se propone un abordaje que incluya lo psicoterapéutico.

Quizás resulte más cómodo, en esta moderna sociedad de consumo, que estos problemas se acallen, que las posibles causas que provocan estos malestares se silencien.

Si nos detenemos a escuchar a las personas que padecen una depresión, o que presentan síntomas depresivos o elevados montos de ansiedad, encontramos que en la mayoría de sus relatos hay vivencias de soledad, de desamparo, de pérdidas. Muchos hablan de una sobrecogedora sensación de vacío aun después de haber alcanzado todo lo que se supone los haría felices. Otros más, de la fragilidad de sus vínculos, de la enorme dificultad que encuentran para poder tener una pareja. Y más recientemente, hallamos que a los sentimientos de ansiedad y depresión, se une también el miedo, miedo a perder el trabajo, miedo a verse a sí mismos y a los suyos en una precaria situación social.

Los síntomas depresivos y ansiosos, tan predominantes en el mundo actual, denuncian aquello que no marcha en esta sociedad. En estos países donde el desarrollo tecnológico y el capitalismo parecieran ofrecer todas las condiciones para que las personas encuentren el llamado estado de bienestar, algo falla.

El consumismo no llena el vacío. Los ideales sociales generan angustia al tornarse inalcanzables, suponiendo en muchos casos una estafa. Así, muchos jóvenes después de una prolongada y ardua trayectoria académica se encuentran completamente desamparados y sin posibilidades de poder obtener aquello que se les ofrecía. Cada uno tiene que vérselas con esa realidad social. Cada uno en lo particular, con lo que esta realidad implica, con lo que conmueve de la propia historia personal, con los propios ideales.

El abordaje terapéutico debe tener un lugar accesible para ofrecer esa escucha, para proporcionar la posibilidad de tramitar ese malestar a través de la palabra, la posibilidad de poder hacer algo con eso que angustia o entristece y que finalmente incapacita.

Actualmente, también diversas investigaciones cuestionan la eficacia de los antidepresivos y ansiolíticos. En este sentido, diversos estudios llevados a cabo por el equipo de Irving Kirsch, así como el trabajo de un equipo de investigación de la Universidad de McMaster (Ontario, Canadá), liderado por el biólogo evolutivo Paul Andrews, han lanzado la voz de alarma.

En estos estudios se plantean conclusiones tan contundentes como ésta: “Los antidepresivos causan más daños que beneficios”. Para Paul Andrews, director del estudio, las pruebas son amplias y evidentes respecto a los efectos nocivos de los antidepresivos. Enfatiza que si ampliamos nuestro punto de vista y evaluamos el efecto global de los medicamentos antidepresivos: "se obtiene un beneficio mínimo frente a una importante lista de efectos negativos". Y agrega: "tenemos que ser mucho más cautelosos en cuanto al uso generalizado de estos medicamentos…a millones de personas se les receta antidepresivos cada año, y el saber común acerca de estos fármacos nos hace creer que son seguros y eficaces".

En el mejor de los casos, la medicación puede apaciguar lo síntomas, pero tenemos que tener claro que esto sólo enmascara, oculta el malestar, pero no resuelve el problema.

 

Marisol Valado Rodríguez