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Niños inatentos o inquietos ¿Trastorno por déficit de atención e hiperactividad?

Publicado 26/02/2013

Es sorprendente la cantidad de niños que en la actualidad reciben el diagnóstico de TDAH. Según algunos datos estadísticos, un 6% de la población infantil -principalmente varones- son diagnosticados con TDAH.

Dicho diagnóstico está basado en el hecho de que los niños que supuestamente padecen este trastorno se muestran dispersos, inmaduros, muy inquietos, les cuesta aprender a leer y escribir.

Àngeles Petit (2009) en un artículo muy interesante titulado ¡…y los niños se siguen moviendo! Plantea: “Nunca se ha demostrado que el TDAH sea una enfermedad, un defecto físico o una alteración biológica. Veinticinco años de investigación no validada ha hecho aumentar la población afectada de 500.000 en 1985 a 5 y 7 millones en la actualidad en EEUU”. Señala también, citando al Dr. Joseph Moya, que no todos los profesionales utilizan los mismos criterios para valorar el TDAH: “la diferencia entre unos y otros es de 1 a 10, es decir por cada niño diagnosticado bajo los criterios de la OMS, aparecen 10 niños diagnosticados bajo los criterios de la APA”.

Así, nos encontramos en la consulta con niños que han recibido este diagnóstico y que sólo presentan alguno de estos síntomas. Unos se muestran poco atentos, distraídos. Otros, no tienen estos síntomas, se presentan como chicos con problemas de conducta, con dificultades para seguir las normas o disruptivos en el aula. Para unos y otros el diagnóstico es el mismo, matizando en que en unos hay alteraciones de la atención y en otros lo que predomina es la hiperactividad.

En muchos de estos casos los niños son diagnosticados con TDAH sin hacer ningún diagnostico diferencial y sin considerar que las dificultades de atención y la hiperactividad se encuentran también en niños deprimidos, o que estas manifestaciones pueden ser síntoma de una conflictiva familiar subyacente, o de desmotivación escolar, o una forma del niño de reclamar atención o pedir ayuda.

El diagnóstico como TDAH supone para el niño y la familia un hito de consecuencias significativas. Y por tanto, en el diagnóstico deberían considerarse no sólo la fenomenología que se describe en los manuales diagnósticos, sino también, en los casos donde se decida la prescripción de medicación, la presencia de indicadores neurológicos que justifique su uso.

Lamentablemente, lo que en muchas ocasiones se observa es que una vez realizado el diagnóstico y aún sin evidencias neurológicas, el tratamiento a seguir suele ser la medicación con metitlfenidato (nombres comerciales: Rubifen y Concerta). Esta medicación puede tener numerosos efectos secundarios (nerviosismo, somnolencia, dolor de cabeza, y otros mas graves como trastornos psicóticos, parálisis o afectación del movimiento y la visión, dificultades para hablar y efectos en la velocidad de crecimiento) los cuales necesariamente tendrían que asumirse, pero bajo una justificación adecuada del diagnóstico y de que ese es el mejor tratamiento.

No debemos olvidar que, como todo síntoma, la inatención o la hiperactividad tienen que ser escuchadas. Entender qué esta detrás de estos síntomas para cada niño en particular debería ser la prioridad. Es necesario saber qué le ocurre y cuáles son los motivos o los factores que inciden en su comportamiento. El abordaje debería ser, sin duda, multidisciplinar, partiendo del niño e incluyendo a la familia y a la escuela.

Cito nuevamente el artículo de Àngeles Petit, con el propósito de marcar el propósito de este post, que no es otro que el reflexionar sobre un diagnóstico que afecta a muchísimos niños y que debería tomarse con mayor rigurosidad, permitiendo el intercambio entre las distintas disciplinas: “En la actualidad se constata la existencia de un esfuerzo por silenciar al sujeto humano que no hable, que no manifieste su subjetividad y, en este sentido, la medicación excesiva viene a taponar lo esencial del individuo”. Sobre el TDAH aún hay mucho de que hablar.

 

Marisol Valado Rodríguez